Algo de Piedad en la Ironía
(sobre la serie Paraíso perdido)

Por Miguel de la Cruz



Los personajes de estas pinturas conforman una familia de contenidos en doble acepción: contenidos en el sentido de fundamentos y argumentaciones; y contenidos como sujetos incapaces de expresar sentimientos y emociones. Decimos también que "conforman una familia" porque están vinculados entre sí por patrones comunes como son sus rasgos de fisonomía o de carácter y por la frontalidad, al modo del retrato familiar, con que se los presenta; pero, sobre todo, comparten una situación de aprisionamiento que sugiere una historia, un génesis, y que es lo que se pretende significar con el título de esta serie: "El paraíso perdido".
No basta con ver; hace falta preguntarse qué hay detrás, los mismos personajes lo piden: ¿qué les pasó, por qué se los ve tan comprimidos?

Lo único certero de un "paraíso perdido" es la historia de una edad dorada que, como es sabido, al final se transforma en caída y castigo, por desobedecer cierta ley y creer que los paraísos existen y que no son artificiales.
De este paraíso sólo vemos lo perdido , una caricatura si se quiere, más si tomamos las palabras de Silvia: "pongo humor a la hora de rememorar".

Forma y contenido son la una para el otro en esta serie. Desde siempre, Silvia ha vacilado entre lo figurativo y lo abstracto; su pintura se genera desde capas de colores oscuros a cada vez más claros y los contrastes -de rojos y verdes, por ejemplo- realzan los blancos de texturas óseas, calizas, urdidas, enteladas. Aquí este rasgo de estilo se potencia porque tiene que ver con esta historia. Por un lado la estructura, la oscuridad de fondo, y por el otro, el encasillamiento de los protagonistas, envueltos o rodeados de blancos que los encorsetan o al modo de un sudario simbolizan ausencia, lo que está en blanco , sin memoria. Hay dos palabras que Silvia evoca: "trama" y "tramoya". La trama como estafa a la confianza de quien se repite un relato hasta creérselo, es la mentira que se paga con la imposibilidad de darse a otro. Para muestra, basta un cuadro llamado "El abrazo": el gesto de abrazar se expresa en un zigzag de ataduras; los retratados exhiben una verticalidad momificada.
Pero los límites personales de esta historia son trascendidos por el deseo de la artista al decir: "Que esta muestra sirva para que el público encuentre su paraíso perdido".
Porque ¿dónde va a parar la libertad de pensamiento cuando cada uno interpreta un rol sin asumir la verdad oculta?
Silvia se queda pensando: "el peligro de la ficción..." Sí, hay ficciones que mantienen a muchos en un engaño. Hasta que un día la verdad estalla en catástrofe y luego -o a veces- el arte y el tiempo vuelven más intensa la historia que en los hechos, tal vez porque le insuflan algún encanto, alguna fe, algo de piedad en la ironía.


Miguel de la Cruz



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